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De la cumbre de Río’92 a la COP25, mucho ruido y pocas nueces

José María Baldasano

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) adoptada en Nueva York y suscrita en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (1992) entró en vigor dos años después. A partir del 2014, tiene 196 partes, todos los estados miembros de las Naciones Unidas. El IPCC es el organismo que da el soporte científico y no político a la CMNUCC. La COP (Conferencia de las Partes) es el órgano de la Convención con capacidad de decisión y se reúne anualmente, desde 1995 en Berlín hasta la actual COP25 de Madrid.

Los dos actos más importantes adoptados por la CMNUCC han sido: en la COP3 de 1997, el Protocolo de Kioto, con medidas jurídicamente vinculantes de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), pero entró en vigor en el 2005 por problemas de ratificación, y su validez se extendió en la COP18 hasta el 2020. En la COP21 de 2015 se aprobó el Acuerdo de París, que es un acuerdo mínimo de voluntades no obligatorias y que no entra en vigor hasta el 2020. Entre Kioto y París hay dos diferencias fundamentales: una, se cambia el objetivo de reducción de emisiones a limitar el aumento de la temperatura, es decir pasar de un factor causa a un factor efecto; y dos, pasar de una vinculación jurídica a una voluntaria en la reducción de las emisiones.

Una bomba térmica

Entre la adopción de la CMNUCC (1992) y COP25 han pasado 28 años, una generación. Como las emisiones han seguido aumentando, la concentración de los GEI en consecuencia también, así como el forzamiento radiativo, es decir, el calor que estamos acumulando en el sistema, y que se reparte un 10% en la atmósfera y un 90% en los océanos. Con lo cual, debido a sus diferentes dinámicas, estamos produciendo una bomba térmica. El balance de ese camino, es, en esencia: mucho ruido y pocas nueces. Muchas reuniones, informes, acuerdos, pero la dura realidad es que las emisiones aumentan cada año. Los datos objetivos indican que la perspectiva no es positiva, es decir, que van a seguir subiendo pese a acuerdos y conferencias.

Los impactos de este cambio climático se han descrito abundantemente. Otra cosa distinta es la comprensión de sus consecuencias. Lo que está en juego es la supervivencia de nuestra actual civilización, no el planeta. Estamos forzando el sistema climático a condiciones más inhóspitas y agresivas, donde la habitabilidad será mucho más complicada y difícil. No por causas naturales, sino a un modelo socioeconómico energético de la actual civilización global basada en los combustibles fósiles y el consumo, nos hemos convertido en un nuevo factor climático, especialmente desde la gran aceleración del siglo XX.

El éxito de la COP25 depende de la revisión de los Compromisos Nacionales de Reducciones (NDC) que establecen los compromisos de reducción de emisiones y las herramientas que los países definan para frenar la emergencia climática. Uno de los principales temas es el artículo 6, que aborda la regulación de los mercados de carbono, esencial para reducir las emisiones, y alcanzar un precio que haga que los países (y las empresas) reduzcan su huella. Poniendo precio a la tonelada de CO2, para eliminar su externalización ambiental. Además, de los aspectos de transparencia, y la financiación para ayudar a los países más pobres a hacer frente a los daños y pérdidas, el Fondo Verde para el Clima sigue pendiente. Las resistencias se deben a posturas de defensa de los intereses nacionales frente a un marco global de obligaciones, posturas debidas a un posicionamiento ideológico de la soberanía nacional que a marcos racionales frente a la urgencia del tema.

Condición necesaria pero no suficiente

El diagnóstico científico de la situación y de su evolución ya ha sido realizado con total unanimidad. El incremento de la concienciación social sobre la magnitud del problema, cada vez es mayor, condición necesaria pero no suficiente. El cambio en las empresas ya ha empezado. Pero los intereses creados de las compañías basadas en los combustibles fósiles siguen dominando. La energía es responsable del 80% de las emisiones, y define las posibilidades de limitarlas. Se requiere un liderazgo internacional fuerte que actúe de forma decidida y urgente. Cada vez quedan menos años para evitar consecuencias irreversibles.

«La humanidad se enfrenta por primera vez a un problema ambiental de complejidad global, que afecta a toda la Tierra y especialmente, a la supervivencia de nuestra actual civilización más que a la del planeta». Así empezaba un artículo escrito hace ya 24 años (EL PERIÓDICO, 9 de abril de 1995). Desgraciadamente la situación no ha mejorado,  al contrario se ha agravado. 

José María Baldasano – Catedrático de la UPC y investigador del GRIC y el BSC